Capítulo 01

Ser más

que una corredora


Reviso la hora en mi celular. Otra vez se me hizo tarde: falta menos de un minuto para mi charla con mi consultor de carrera y estoy casi al otro lado de la escuela. Y ya me acabé el crédito de portales del día.

Por un segundo considero romper mi regla de visión, pero es demasiado esfuerzo. Ir demasiado rápido necesita que haya poca gente, porque no veo, y como es el recreo llegar a tiempo es tan importante como no lastimar a nadie.

Me levanto del pasto, me despido del perro que acariciaba y empiezo a correr; por suerte ni siquiera tengo que calentar. En el camino veo a Alexis, cómo odio a ese engreído. Corro tan rápido que ni me ve. Pero por andar distraída me vuelvo a pegar el muslo con un casillero abierto. Odio a los de deportes, siempre dejan su casillero abierto, con la excusa de que llegan tarde, bola de vagos. Ya es la tercera vez en la semana y apenas es martes.

Abro la puerta del consultorio a la hora exacta. Isaac me recibe muy caluroso, como siempre:

—Luna, justo a tiempo, como siempre. Por favor, siéntate. ¿Una galleta?

Cuando asiento, la galleta ya está en mi mano. No sé cómo él es más rápido que yo, pero siempre me sorprende. Me siento.

—Estuve pensando en la última vez que hablamos, pero no veo cómo correr rápido me va a ayudar en las matemáticas. Mis papás dicen que al menos debería considerar meterme al equipo de atletismo.

Suspiro. Isaac parece ignorarlo.

—Mira, Luna: si tus padres fueran a pagar por tu carrera, te admitiría que tienen voz en tu elección. Pero tienes pase directo a la UNAM. A menos que no te puedas costear un peso de colegiatura, es completamente tu elección.

Bajo la mirada y tengo una moneda en la mano, estoy segura de que Isaac me la dio, empiezo a jugar con ella en mi mano.

—Te estás guiando demasiado porque el gobierno te clasificó como clase D. Yo lo que quiero es que aproveches tu poder para lo que te apasiona, porque no solo corres rápido: puedes estudiar más rápido que la mayoría y no lo aprovechas. ¿Hiciste la tarea que te pedí?

—En verdad me esforcé haciéndola, pero quedó más corta de lo que quería —miro al suelo—. Aunque no le pedí ayuda a Estrella, ya ve que la clasificaron como clase E.

Le entrego la lista donde le muestro los posibles usos que podría tener mi poder, además de correr. Se nos va la sesión entera en la discusión. Para cuando tengo que irme a mi clase, mi consultor me toma del hombro.

—La próxima vez que nos veamos vas a ver que no solo puedes mover las piernas rápido. Confía en mí.

Me guiña el ojo y le doy las gracias, me voy corriendo a mi clase; por suerte no me choco con nada en el camino. Era mi clase favorita, así que por supuesto era la última del día. Además, siento una gran emoción: por primera vez vamos a ver la derivada.

Al entrar, mi maestra Gaby me mira a los ojos.

—Aprovechando que ya vas llegando. Dime, Luna, ¿qué tan rápido puedes correr en un instante?

Me quedo en blanco, me encojo de hombros, odio tener todos los ojos encima de mí. Gus, mi salvador, levanta la mano.

—Pues a cero, ¿no? Es como una foto, y las fotos no se mueven.

Aprovecho para sentarme en mi lugar de siempre y saco mi cuaderno. Gaby se pasea por el salón.

—Las películas son puras fotos y aun así parecen moverse. Pero tiene razón, Gustavo: una foto no se mueve, aunque sí nos puede mostrar movimiento. Su compañero Alberto lo debe saber muy bien.

Gaby enciende el proyector y nos muestra un dibujo que él hizo una vez en el pizarrón. Es un dibujo increíble de unos chicos jugando voleibol; incluso había logrado que la pelota pareciera moverse, Alberto se sonroja.

—Así que regreso a mi pregunta original: ¿qué tan rápido puede correr Luna en un instante? A ojo es imposible, y por eso usamos los límites para saberlo. Cuando el límite de h tiende a cero…

Fue una clase magistral. Lo único malo es que interrumpieron la clase para dar un anuncio, irrelevante, aunque vi que deprimió a Alberto. Me emocionaban incluso los treinta ejercicios que Gaby nos dejó de repaso, y hasta nos dejó usar la calculadora. Tal vez a esto se refería Isaac con que podía usar mi poder.

Al salir de clase discuto con mis amigos lo que vimos. No son tan apasionados como yo, pero también agregan buenos comentarios. Una vez afuera, Pato revisa su mochila y se da cuenta de que dejó la calculadora en el salón.

—Wey, ándale, córrele por mi calculadora. Te deberé una.

—No me debes una, me debes tres y grandes.

Me suelto el cabello y le dejo mi mochila a Estrella, estimo que ya casi no queda nadie dentro de la escuela; seguramente solo los de deportes, y ellos entrenan en el patio, aun así, por precaución decido esperar unos cinco minutos y me preparo. Me llama la atención ver que Alexis tardó tanto en salir. Parece temblar y voltear a todos lados; cuando voltea hacia donde estoy le doy el dedo medio y empiezo a correr rompiendo mi regla de visión. Todos los días voy por esa ruta, y además la libertad de poder hacerlo es increíble. Algo me pega en el hombro, escucho un ruido metálico. Otro casillero. Ya es la cuarta de la semana.

Al llegar al salón me noto más cansada de lo usual. Estoy abusando de los portales, hace rato que no corro más de diez kilómetros, me digo mientras empiezo a buscar la calculadora por todos lados, la encuentro al tiempo que una voz a mi espalda me espanta.

—Jovencita, ¿qué hace aquí? La escuela ya cerró.

Al voltear veo que es el idiota del prefecto José. Respira muy fuerte, como si estuviera cansado, además parece estar molesto y con prisa. Aun así, me acompaña hasta la puerta.

—Cuídese, Luna.

Me despido con la mano y busco con la mirada a mis amigos, no los veo. Pienso que me dejaron sola, pero en cuanto salgo me gritan. Le doy su calculadora a Pato y él saca su dispositivo Chell y abre un portal azul a mi casa, para evitar que corra hasta Houston.

—Esto no cuenta como favor, Pato, eh. Aún me debes tres grandes.

Llego a casa emocionada por hacer la tarea de derivadas. No puedo dejar que Gus me presuma mañana que sí logró acabar los ejercicios, pero no es justo, el imbécil de mi amigo es clase C, por supuesto que le es más fácil. Cuando por fin termino el último ejercicio es ya casi la medianoche. Me voy a dormir.

Al día siguiente abro el portal a la escuela faltando menos de medio minuto para que me pongan retardo. Voy corriendo, sabiendo que me sobra el tiempo, pero en el pasillo de siempre hay un tumulto. Cuando por fin logro avanzar para llegar a mi clase, entiendo al instante el silencio tan ruidoso que había. Quiero alejarme del lugar, correr, pero mis ojos no pueden dejar de verlo: mi consultor yace muerto a la mitad del pasillo.

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