Capítulo 02
Ser más
que un rumor
No entiendo nada. He repasado esto mil veces en mi cabeza durante la última semana. La policía llegó a los pocos minutos de la hora en la que debería haber empezado mi clase y empezó a hacerle preguntas individuales a la gente, pero media hora después nos dejaron ir a todos. Ni siquiera interrogaron a todos: nos dicen que el análisis forense indica un suicidio y, sin poder hacer preguntas, nos mandan a todos a casa. Desde entonces voy diario a la comisaría a preguntar más cosas y siempre me sacan sin decir una sola palabra. Se supone que mañana vamos a regresar a clases. Necesito respuestas.
Al entrar a la comisaría, los que voltean a verme me ven con cara de desesperación, como si yo fuera idiota. Ya están sacando su dispositivo Chell para sacarme del lugar cuando el policía bigotón indica que va a hablar conmigo. Nos vamos a un cuarto privado.
—Mira, mocosa, el tipo se suicidó. Por mucho que vengas, eso no va a cambiar. Por favor, deja de venir.
—Pero al menos debe haber dejado una carta de despedida, ¿no? ¡Por favor, él no lo habría hecho en un lugar tan público!
El tipo suspira, voltea a ver una cámara y, después de mirarla unos segundos, me voltea a ver.
—Si te muestro la carta, ¿dejarás de venir? Hemos estado muy ocupados últimamente.
Noto cansancio en sus ojos. No me lo pide como autoridad, sino como un humano cansado, creo. Asiento llena de determinación. Saca de un bolsillo de la chamarra un pedazo de papel.
—Voy a necesitar que me lo devuelvas. No le puedes tomar fotografías.
En cuanto puedo, tomo el pedazo de papel. Esperaba una carta más larga.
“Ya no puedo más. Es demasiada presión. Nos vemos en el infierno, putos.”
Me río un poco cuando termino de leer. Alterno viendo al policía y la carta varias veces, como si esperara que sacara la carta de verdad.
—¿Esto es todo?
—Es lo que nos entregó el jefe. Él mismo se encargó de este caso.
Volteo para ver al techo. Suspiro. Juego con mi lengua dentro de mi boca. Sigo sin entender: ¿por qué me diría algo importante la siguiente vez que nos viéramos si se iba a matar, el cabrón? Muchas cosas no encajaban. Siento mucho enojo y tristeza a la vez. Le devuelvo el papel al policía, mirando al suelo, conteniendo mis lágrimas.
—Está bien, ya no vendré. Gracias por el apoyo, oficial.
—Espero que encuentres paz pronto.
No recuerdo la última vez que caminé a propósito. Antes de abrir el portal a casa, saco la carta que Isaac me hizo para invitarme a su despacho la primera vez. Una hermosa carta hecha a mano. Desde que murió la he leído varias veces.
“Apreciada Luna, quisiera pedirte ayuda con un problema que me surgió. Te espero en mi despacho después de tu clase de geografía. Atentamente, Isaac.”
Aún recuerdo cuando la leí por primera vez. Tuve que leerla muchas veces para entender qué decía; Isaac siempre tuvo pésima caligrafía. Cuando fui esa primera vez a su cubículo, esperaba que me pidiera hacer de mensajera o algo así. Pero me pidió ordenar su oficina. Me enojó mucho que me usara de sirvienta. Pero no llevaba ni cuatro cosas recogidas cuando me tomó del hombro y me dijo “detente”. Cuando volteé a ver de nuevo, ya todo estaba arreglado. Él fue el primero que me dijo que no debía restringirme a clase D. “Luna, ¿el gobierno nunca se equivoca? Entonces, ¿por qué estás convencida de que solo puedes hacer deportes? Cuéntame qué es lo que más te apasiona, lo que sea.” Se sentó, y creo que nunca había desnudado tanto mi alma ante otra persona.
Aprieto la carta en mi mano. No entiendo cómo es que la persona que me escribió esta carta y la que escribió la carta de suicidio eran la misma. Su letra era incluso legible esta vez. Pero espera. Eso es imposible. Eran necesarios al menos cinco minutos para decodificar su letra. Siempre fue así. ¿La carta sí la escribió él?
Abro el portal a mi casa. Disfruto la cena con mis padres; sin ellos no habría podido soportar estos días, han sido mi pilar en esta semana tan complicada. Al día siguiente me levanto media hora antes de lo usual. Me visto con la ropa con la que hice de detective en la última fiesta de disfraces. Incluso me pongo el gorro. Abro el portal y me llama la atención que no tengo que esperar tanto a que abra como normalmente ocurre. La escuela lleva un par de minutos abierta. Pero, en vez de ir a mi salón, me dirijo al cubículo de Isaac. Evito ese pasillo maldito a toda costa. No me encuentro a nadie mientras corro para llegar. Por probar suerte, intento abrir la puerta y no tiene la llave puesta. Pensé que vería ese salón hecho mierda, pero era claro que la policía no había ni pisado este lugar. Está exactamente como lo dejé hace una semana. Cierro la puerta detrás de mí, no vaya a ser que me vea un prefecto o profesor y me castigue por estar en una zona prohibida. Aunque, ¿sigue siendo prohibida si el dueño está muerto?
Me pongo a husmear por todo el lugar. Llevo fácil cinco minutos y todavía no encuentro nada que me llame la atención, hasta que saco un papel que dice:
“Junta de clase estrella. La cita es este 21 de marzo.”
Eso debió haber sido ayer. Pero, más importante: ¿era Isaac clase estrella? Jamás pensé que uno de los gloriosos clase estrella sería tan ordinario. Los clase estrella tienen fama de mamones y de sentirse un culo. Pero ninguno de los que conocía sabía cuál era su poder. Tal vez lo mataron por su poder.
Pero entonces alguien intenta entrar a este lugar. Si me ven aquí, me matan. Me escondo detrás del escritorio a toda velocidad. Cuando se abre la puerta, escucho a dos personas. La chica habla.
—Mira, ya te dije que es imposible que sea un suicidio. Yo hice una autopsia cuando lo vi, era claramente un homicidio, y uno muy cabrón. Además, no hace daño investigar un poco.
—Ya, pero no quiero meterme en problemas, Sara.
Reconozco esa segunda voz. ¡Es Alberto! Pero me da pena salir ahorita, así que no salgo.
—Te encanta complicarte la vida, wey. Cerramos la puerta y nadie sabe que estamos aquí.
Escucho cómo se cierra la puerta con cuidado.
—A ver, tú investiga esos libros y yo veo qué hay en el escritoriooooo.
Me asusta el grito que pega Sara. Me doy un golpe en la cabeza del sobresalto.
—Luna, ¿qué haces aquí? ¿Por qué te escondes como rata?
—Ay, no me espantes así. También estaba investigando; hay muchas incoherencias con esa historia del suicidio. Pero a ustedes, ¿por qué les importa la muerte de Isaac? Solo era el profesor de psicología.
Alberto parece verme con sospecha.
—Nos ayudaba a Sara y a mí con nuestros poderes. Me imagino que a ti también.
Me da un alivio enorme darme cuenta de que no soy la única loca que piensa que hay cosas raras; a Pato y a Estrella parecía no importarles tanto como a mí. Les cuento la historia de la carta de “suicidio” y lo que encontré de que Isaac era clase estrella.
—Según mi análisis forense, ni siquiera murió el día que descubrimos su cadáver. Debió haber muerto ayer, más o menos a la hora de la salida.
Me doy cuenta de que yo pasé por el pasillo donde estaba el cadáver de Isaac. ¿Y si pasé cerca del asesino? Siento escalofríos. En eso recuerdo lo agitado que estaba José cuando vino a interrumpir mi búsqueda heroica de la calculadora. Les cuento a los dos de mi travesía y Alberto parece que se pone un poco en blanco.
—Miren, creo que podríamos trabajar bien juntos. Tengo una pista débil, pero ya es algo: ese día José me interrumpió y parecía preocupado por algo. Creo que está escondiendo algo.