Capítulo 03

Ser más

que un estudiante


Creo que por primera vez no puedo prestar atención a la clase de matemáticas. No es que no lo intente, pero cada vez que volteo a ver el pizarrón se me ocurre una nueva forma de atrapar a José in fraganti, aunque la descarto rápido porque no quiero que Alberto se muera. Ya hasta tenemos un grupo de WhatsApp para compartir teorías y formas de atrapar a este señor, aunque parece más un grupo de memes. Sara le puso "los Watson"; dijo que hasta que resolvamos esto nadie puede volverse Sherlock.

Estoy segura de que Gaby ya se dio cuenta de que ando distraída, pero desde la muerte de Isaac los adultos me ven con cierta lástima. Pude ver cómo me iba a decir algo, pero solo voltea hacia otro lado y sigue con su clase.

Me frustra tanto que no hayamos avanzado con el caso de José en una semana. Así que, cuando nos dejan salir, me despido de Pato y Estrella para esperar a los otros dos Watson en la puerta. Parece que Alberto me leyó la mente, porque antes de que pueda decir nada ya me está regañando.

—No, Luna, no vamos a investigarlo hoy. Y antes de que digas nada: no tenemos un plan y tampoco tenemos idea de cuál es el poder del prefecto José. E incluso si no tuviera poderes, ¿qué tal que tiene una cámara en su despacho? Y correr no te va a salvar de nada si tiene un anulador de poderes en esa cueva.

—¡Pero ni siquiera estamos haciendo nada para descubrir cuál es su poder! ¿Al menos podríamos hacer eso? ¿O también es demasiado imposible? ¿O solo eres un gallina?

Sara está pensativa. Nunca pensé que la vería callada más de tres segundos. Finalmente abre el hocico.

—Al menos vale la pena abrir la puerta para saber qué hay ahí, ¿no? Con un segundo ya lo podrías dibujar perfecto. ¿O qué sugieres, Alberto? ¿Que José venga un día a decirnos: "Hola, chicos, no tengo nada más que hacer, así que vengo a confesar que yo maté a Isaac. Bueno, nos vemos, voy a ser imbécil a otro lado"?

Me caigo al suelo de la risa. La imitación de Sara estuvo muy buena, aunque creo que a Alberto no le hizo tanta gracia.

—¿Se han dado cuenta de que el prefecto siempre sabe dónde hay problemas? Es una escuela enorme y aun así no hay ni una pelea, ni nadie logra escaparse. A mí sí me gusta estudiar, muchas gracias.

Eso me da una idea.

—Alberto, ¿te gustaría meterte en problemas?

—¿Me escuchas con los codos o tu cabeza ya corrió a Japón, Luna? Me. Gusta. Estudiar. Luna.

Odio cuando se pone a hacer énfasis en cada palabra.

—Solo tienes que agitar la máquina de refrescos, Alberto. Siempre que lo hacía, ese idiota aparecía a mis espaldas, y lo hace todo el mundo. Con que nos ganes un segundo, ya la armamos.

—¿Y por qué no lo hace Sara? ¿O qué va a estar haciendo ella?

No había pensado tan lejos. Sara responde antes de que yo diga algo.

—Yo lo hago. Así Alberto puede dibujar si tan solo abrimos la puerta. Además, a lo mejor consigo un refresco gratis, y de por sí ya estoy acostumbrada a que José me regañe.

Veo cómo Sara se fija en Alberto.

—No me van a expulsar por agitar esa máquina. El 99 % de la escuela lo hace siempre, y el 1 % restante eres tú.

Puedo ver que Alberto piensa en objetar, pero parece que se rinde, porque solo baja la cabeza para decir:

—Por Isaac.

Por el grupo nos ponemos de acuerdo: será a la hora del descanso largo, que es cuando José parece estar más disperso, o al menos eso dice Alberto. El plan es bastante simple: mientras Sara causa la distracción, yo abro la puerta y me meto, si es que no me anula los poderes, mientras Alberto ve desde afuera todo lo que pueda. El muy cobarde no quiere ni acercarse lo suficiente para mirar más allá de la puerta, pero su poder clase A es muy útil incluso si no lo ve todo.

Ya estoy en posición cuando me llega el mensaje de Sara. Un segundo después ya tengo la puerta abierta, cruzo y puedo seguir corriendo. No termino de festejar cuando escucho una voz detrás de mí, temblorosa, tensa.

—Señorita, ¿qué m… demonios hace aquí? ¡FUERA! ¡ALÉJESE DE MI LUGAR!

Detrás de José veo abierto el portal naranja que está justo frente a su cueva. ¿Cómo fuimos tan estúpidos para olvidar que ahí hay uno? No alcanzo a ver nada en particular, principalmente porque José ya abrió un portal azul a mis pies. Cuando me doy cuenta, estoy cayendo por el portal naranja del patio y José me sigue gritando, pero ahora afuera.

—¡SI LA VUELVO A VER AQUÍ, ME VOY A ASEGURAR DE QUE LA EXPULSEN!

Y antes de que pueda decir nada, ya se fue por otro portal.

Estoy temblando. Siento que se me van a salir las lágrimas cuando alguien me pone una mano en el hombro. Reacciono más de lo que debería. Es Alberto. Suspira antes de decirme algo.

—Sé que no te va a hacer gracia, pero te lo dije. Si te sirve de consuelo, mientras te gritaba metí la cabeza rápido. Cuando estemos con Sara les enseño los dibujos.

Todavía no me recupero cuando José aparece otra vez en el patio, ya sin gritar. Me dice que no debió alzarme la voz, que gritar está mal y que no va a reportarme, pero que no me quiere volver a ver cerca de su despacho. Solo asiento.

Nos reunimos con Sara en el cubículo de Isaac unos diez minutos después. Según ella, José ya le estaba gritando cuando se fue corriendo a medio regaño, y cuando regresó venía muy agitado.

—Así que sí o sí hay algo en esa cueva. Algo esconde ahí ese señor. Pero en tus dibujos no se ve nada raro ni fuera de lugar. Y ya deja de chillar, Luna: José ya se disculpó contigo y te dijo que no te iba a hacer nada porque gritar está mal y no sé cuánta mamada más. Ni a mí me castigó, lo cual agradezco.

¿Quién se cree la perra de Sara para decirme cómo debo sentirme? Pero no puedo decirle eso, así que solo asiento y finjo estudiar la imagen. Fuera de una regadera, no veo nada fuera de lo ordinario. Nos quedamos ahí lo que se siente como media hora, hasta que Alberto vuelve a hablar.

—¿Por qué no hay nada para vigilar? No veo ninguna cámara ni nada. El prefecto siempre está donde hay problemas, pero no hay una sola cámara, nada con lo que pueda vigilar todos los pasillos. ¿Y aun así sabe al instante lo que pasa? Sara, tú tienes experiencia con él. ¿Alguna vez ha tardado más de cinco segundos en llegar a detenerte?

—Nunca. Y antes de lo de los refrescos analicé el lugar y no hay ninguna cámara ni nada con qué vigilar. Siempre que hago algo, analizo si hay algo con lo que me puedan cachar, y nada.

—Si al menos tuviéramos su CURP, podríamos saber de qué clase es. Pero creo que podemos descartar las clases A, D y E.

No nos queda mucho tiempo antes de que vuelvan a empezar las clases, y me siento inútil. No ayuda ver todas las cosas de Isaac. Ignoro un poco la discusión inútil de los otros dos y recorro la oficina con nostalgia. Me acuerdo de cuando me dijo que había conseguido toda mi información en la dirección. No era necesario, pero me dio gusto que se tomara el tiempo de estudiarme antes de ofrecerme su ayuda. De verdad le importaba a ese tipo.

En eso se me ocurre una idea. Todavía hay mucha gente en los pasillos, pero mis pies se mueven antes de que termine de pensarlo.

Cuando vuelvo, el cabello de Sara es un desastre.

—Ah, miren, Flash se dignó a volver. ¿Qué era tan importante como para arruinarme el cabello?

Me siento en la silla de Isaac. Nunca pensé que sería tan cómoda.

—Entrar a la dirección fue más fácil de lo que pensé. Desde lo de Isaac, el director se la pasa en juntas con gente del gobierno, y hoy no fue la excepción; solo estaba la secretaria, peleándose con la impresora. Para cuando le dio el tercer golpe, yo ya estaba saliendo. Creo que ni siquiera se movieron los papeles de su escritorio. Anyway, mucho choro. Aquí está el archivo de José.

Se lo aviento.

—¿Para qué quieren saber de qué clase es, si su poder es detectar humanos?

Sonrío con lo que, según yo, es una sonrisa pícara. Por primera vez en semanas, me siento satisfecha conmigo misma.

—Entremos a ese lugar y atrapemos a un asesino. Elemental, mis queridos Watson.

Alguien tiene que ser Sherlock.

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